Entrevistas

Luis Gosalbez | Metricson | Tecnología e innovación como forma de diferenciación en la abogacía

Hoy, entrevista a Luis Gosalbez, Socio Director y Fundador de Metricson. ¡Un honor que seas nuestro primer colaborador!

Comenzamos esta nueva sección orientada a conocer de cerca a los emprendedores líderes de nuestro país y sus proyectos.

Conozcamos un poco más a Luis:

¿Cómo explicarías lo que hace Metricson a un inexperto en el área?

Somos un despacho de abogados especializado en innovación. Utilizamos mucha tecnología y estamos acostumbrados a trabajar con empresas que están cambiando sectores enteros de actividad, pero en el fondo no dejamos de aplicar el mismo derecho que el resto de abogados. Es la primera empresa que he montado en mi vida que puedo explicarle a mi abuela 🙂

¿Cuándo tienes previsto/tiempo tardaste en llegar al breakeven?

Metricson nació hace diez años para dar respuesta a una necesidad. Entramos en breakeven durante el primer mes y desde entonces no hemos dejado de crecer. Lo bueno de los servicios es que es fácil entrar en rentabilidad; lo malo es que son difíciles de escalar hacia arriba para crecer y hacia bajo en situaciones de crisis. Nosotros utilizamos tecnología y procesos que extraemos de las buenas prácticas de nuestros clientes para tratar de amortiguar ese efecto.

¿Cuál ha sido la situación más difícil en la que te has encontrado en Metricson?

Durante los cinco primeros años de vida del despacho, cada ejercicio perdíamos a nuestro principal cliente por motivos distintos y casi siempre inesperados. Eso nos enseñó a no depender de un sólo cliente y desde entonces siempre nos hemos esforzado mucho por tener una cartera equilibrada y sana de clientes de todos los tamaños, en distintos países. No es fácil diversificar cuando eres un despacho especialista, pero te va la vida en ello.

¿Cuál fue tu primer fracaso como emprendedor? ¿Qué aprendiste de él?

Mi primera startup fue e-contratos, una plataforma para negociar y firmar contratos online. La fundé con dos amigos en 2003, con 26 años, tras haber trabajado algo más de 3 en EY y en ese momento pensaba que ya entendía cómo funcionaban las empresas. Me equivoqué. De hecho, me equivoqué tantas veces que en 2008, decidimos cerrar, renunciando a una ronda muy importante de inversión, porque no sabíamos cómo hacer para convertirnos en un negocio rentable. Hoy hay servicios fantásticos, como signaturit, que han entendido mucho mejor la necesidad del mercado y han sabido aprovechar tecnologías que entonces no existían. ¿Qué aprendí de esa empresa? Tengo un buen amigo -Juan Domínguez, fundador entre otras empresas de viajar.com o adglow- que dice que no se puede aprender de los errores, porque es muy difícil que las circunstancias se reproduzcan de la misma forma en el futuro. Estoy de acuerdo con eso, no aprendí apenas de mis errores en e-contratos, pero sí que desarrollé una especie de alerta que me avisa cuando las cosas no van bien. Todos los que hemos cerrado una compañía tenemos esa alarma activada para siempre.

¿Qué consejo le darías a los despachos de abogados tradicionales?

La profesión ya ha cambiado con respecto a lo que todos entendemos que era un abogado hace 25, 50 o 100 años. El problema reside en que no estamos cambiado suficientemente rápido y mucha gente se está quedando atrás. El número de abogados en España es absurdamente algo y creo que el mercado dentro de unos años no tendrá capacidad de absorber más de un 20%-25% de los profesionales que hoy todavía consideramos abogados. No sabemos qué va a ser un abogado en el futuro, pero nadie se cree ya que dentro de unos años seguiremos yendo al juzgado y nos pondremos la toga (de hecho, el coronavirus ha hecho que las togas desaparezcan de las salas) o que seguiremos redactando contratos o firmando escrituras ante notario. Todavía está en nuestras manos decidir qué queremos que sean los abogados del futuro y tomar las medidas para regular la profesión, pero el tiempo se acaba y si no nos movemos, el mercado y la tecnología acabarán expulsándonos cuando se dén cuenta de que un porcentaje muy alto de nuestro trabajo se puede automatizar o, simplemente, es prescindible.

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